Adiós a José Enrique López Murillo, el hombre que hizo más por la Cruz Roja que muchos en toda su vida

 Este jueves falleció José Enrique López Murillo, mejor conocido como “ese señor que sí se tomaba en serio eso de ayudar”, y que fue, sin exagerar, el verdadero pilar de la Cruz Roja Mexicana en San Juan del Río. Entró como voluntario a los 15 años y de ahí, como buen humanitario adicto al trabajo, ya no salió… hasta 35 años después.

Fue socorrista, comandante, presidente de la institución (en varios periodos, por si uno no bastaba) y hasta consejero. Y no, no lo hizo por el sueldo, porque sorpresa: todo fue sin paga . ¿Quién hace eso hoy?

Su hijo, Julio Enrique López Anaya, actual Técnico en Urgencias Médicas (TUM), lo recordó como un hombre ejemplar, que entre una emergencia y otra logró cosas que muchos solo sueñan: como conseguir el mayor donativo histórico de la presidencia municipal para la Cruz Roja. Con eso, se compraron cuatro ambulancias. Sí, cuatro. Todo un récord para los tiempos donde pedir una aspirina en las instancias oficiales es como pedirle matrimonio a alguien en la primera cita.

¿Y qué más hizo? Pues casi todo: coordinó centros de acopio, organizando colectas, mandó tráileres llenos de víveres a zonas de desastre, atendió inundaciones, accidentes, caídas, atropellados, y hasta lo que no le tocaba. Le tocó de todo, desde desastres naturales hasta los provocados por la falta de precaución humana. ¿Se acuerdan de la inundación en Los Nogales? Ahí estuvo. ¿Del accidente del Puente de la Historia? También.

Y como si eso no fuera suficiente, cuando ya medio país se jubila a los 60, él decidió emprender su propio servicio de ambulancias: Beyen , una empresa privada que funcionaba con la misma filosofía de la Cruz Roja: ayudar primero, cobrar… si se acordaba. En más de una ocasión, ofrecía el traslado sin cobrar un peso, porque según él, “lo importante es que la gente esté bien”. ¿Qué cosas, no?

También logró gestiones impensables hoy: traslados aéreos gratuitos a Estados Unidos para pacientes de San Juan del Río. Lo dicho: el señor jugaba en otra liga.

Hoy, su legado lo recuerda su familia, sus compañeros y una comunidad entera que, muchas veces sin saberlo, fue beneficiada por el trabajo de alguien que sí creía en eso de ayudar por convicción y no por obligación.

José Enrique López Murillo no solo fue un rostro importante de la Cruz Roja. Fue el alma voluntaria de una institución que, al menos mientras él estuvo, fue mucho más que un logotipo o una colecta anual. Descanse en paz el hombre que hizo del servicio humanitario, su estilo de vida.